Un optimista es sólo un pesimista mal informado, es una frase recurrente cuando se habla de la necesidad de una visión positiva de la realidad o  de visualizar el mejor de los entornos posibles. En otros casos, sobre todo cuando unimos emprendedor y optimismo escuchamos decir que este es el “tonto con iniciativa”. El problema es que la dicotomía que se propone aquí es Optimismo Vs. Realidad, frente a la de Optimismo Vs. Derrotismo que sería la que realmente debemos trabajar. Y me explico, ser optimista no significa negar la realidad, no significa vivir en un mundo de ilusión en el que todo va a salir del color que nos apetezca. Ser optimista significa elegir, entre las opciones que tengo ante un problema o un conflicto, aquella que me puede generar mejores resultados y trabajar en base a ello. El optimista-realista, no niega la realidad pero trabaja por superarla  y cambiarla. Es por ello que hoy traemos al blog unas cuantas razones para invitaros al optimismo si estáis emprendiendo o desarrollando vuestro negocio.

Muy conocido por todos es el llamado efecto Pigmalión o también las llamadas profecías autocumplidas.  Por definirlo muy rápidamente, las previsiones que hacemos sobre nosotros mismos, sobre nuestro futuro, determinan cómo nos relacionamos y creamos estrategias para enfrentarnos a nuestro entorno. Si trabajamos en nuestro proyecto sabiendo y entendiendo nuestro entorno, pero con la confianza y la determinación de que nos va a salir bien, vamos a trabajar mejor las frustraciones, la resistencia a los errores va a ser mayor, vamos a estar más perceptivos a las estrategias a utilizar y probablemente el primer paso para ser el mejor, es tener la voluntad y la creencia de poder serlo.

El optimismo es un valor en sí mismo. Tener expectativas positivas sobre un hecho determinado, no sólo nos ayuda a trabajar mejor, sino que además genera en nosotros un estado de anticipación, en unos casos, de excitación en otra, que pueden ayudarnos a generar ese ambiente positivo que todo emprendedor necesita. Lo decía Punset en su libro El Viaje a la Felicidad, pero lo compruebo diariamente en mi casa con mi perra Chispa. Punset ponía el ejemplo de cómo su perro cuando iba a ponerle la comida se volvía loca de contenta y podía mantenerla contenta en esa espera durante bastante tiempo. Lo curioso es que cuando estaba comiendo no estaba especialmente emocionada, pero sí cuando está expectante ante la posibilidad de conseguir su objetivo. Es decir, la felicidad (el éxito, si así lo preferís) no sólo está en conseguir los objetivos, sino en esperarlos y prever su llegada. Si esto no nos lo permitimos porque estamos únicamente centrados en valorar los posibles inconvenientes, nos privamos no sólo del éxito, sino de disfrutar las expectativas.

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El optimismo y la gestión positiva de las expectativas está demostrado que reduce de manera considerable el estrés y la ansiedad, factores claves que en multitud de ocasiones paralizan al emprendedor y no le permiten avanzar y tomar decisiones.

Es por todo esto y multitud de razones más que podríamos encontrar por lo que es necesario siendo emprendedor,  luchar día a día para generar en nosotros  optimismo. Pero ¿y si la realidad me dice que no puedo ser optimista? Si realmente se ha analizado bien la situación (sin dejarse llevar por creencias en lugar de por hechos), nos hemos preguntado ¿qué es lo peor que me puede ocurrir?,  he valorado todas las opciones que existen para poder ser optimistas con respecto al futuro de mi proyecto, y aún así me encuentro con una bofetada de realidad, lo que tendré es que cambiar el marco de mis objetivos, centrarme en el proceso o redefinir mi proyecto. Lo que parece bastante claro, es que un pesimista en pocas ocasiones consigue altos objetivos y lo peor, si los consigue, apenas disfruta de ello.

Os dejamos con la conferencia de la profesora Tali Sharot que explica mucho mejor que nosotros la dualidad Optimismo Vs. Realidad y como se pueden conjugar de manera adecuada.

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